miércoles, 20 de mayo de 2020

Religión Sanitaria


La crisis del coronavirus (me resisto a ponerle el nombre de pandemia a un virus de tan baja peligrosidad) ha mostrado qué lo que vale de veras para la gente, lo cual no debería, por otra parte, sorprendernos. Lo que sorprende es que la crisis ha dejado al descubierto lo que piensa la mayoría de los cristianos y, lamentablemennte, la mismísima jerarquía, al menos en sus más notables representantes. 

 La vida es tan importante que sin ella apenas podríamos hacer nada. Para ser santos, al menos es necesario estar vivos. Estamos todos de acuerdo. Sin embargo, Nuestro Señor nos ha advertido seriamente, y no pocas veces, acerca del peligro que encierra pensar demasiado en guardar la vida del cuerpo descuidando la del alma. ¿O acaso hemos olvidado que también tenemos alma? Y un alma cuya eternidad se juega completamente en esta vida del cuerpo mientras dure. El drama está en que los Cristianos –sí, los seguidores de ese Cristo al que aludíamos– estaban demasiado ocupados en cuidar la vida del cuerpo. La del alma, bien, gracias. 

Los avances tecnológicos médicos nos han hecho pensar –y aumentar el deseo– de que la vida no se acabe. O al menos de que seamos nosotros los que elijamos cuándo morir o, al menos, cuando no morir. La ciencia médica –hacemos concesión al llamarla ciencia– se ha convertido en una suerte de sustituto de la religión para cualquier caso. La medicina tiene sus propios sacerdotes (médicos), sus obispos (ministros de salud) y hasta su Papa y su propio Vaticano (la OMS). Cada uno puede hacer las analogías que mejor le caigan, no será tan dificil. Esta suerte de religión tiene sus libros de reglas morales (protocolos de salud) e incluso los sacramentos (medicamentos) e iglesias parroquiales y capillas (centros de salud y farmacias). Todo bien estructurado como para que realmente pensemos que si Dios falla, estarán estos mini-dioses dispuestos a ayudarnos. Al menos a prolongar nuestras miserias o a hacernos pedazos para que nuestras partes puedan pervivir en el torso de alguno que tuviera mejor suerte que nosotros. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario